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Deja de preocuparte tanto

7 Noviembre, 2009 1 Comentario

preocupada

 

 

Siempre sufriendo por lo que pueda pasar, siempre pensando en posibles peligros o problemas: para algunas personas, la preocupación constituye una compañera permanente que les impide vivir de manera relajada. Se sienten nerviosas con facilidad y pueden incluso tener dificultad para conciliar el sueño o concentrarse. Su mente está siempre alerta, dando vueltas alrededor de los temas que en ese momento les inquietan.

La palabra preocupación significa justamente ocuparse con insistencia de algo antes de que suceda, lo que causa desasosiego o temor. Pero, ¿tiene sentido angustiarse por lo que todavía no ha ocurrido? Las personas para las que preocuparse supone un hábito necesitan esa actividad mental para hacer su vida más predecible. Si no se agobian, si no piensan en las múltiples posibilidades, especialmente las más negativas, no sienten que dominan la situación.

La preocupación produce una ilusión de control. A menudo se considera que esa estrategia permite estar más preparado para cualquier contrariedad o revés del destino. Sin embargo, la realidad suele ser bien distinta: preocuparse por anticipado no sólo no mejora la capacidad para afrontar las dificultades, sino que genera estrés a través de la imaginación, lo cual tiene idénticas repercusiones físicas, mentales y emocionales que una situación real.

La ilusión de control

“El hombre tiene sus preocupaciones en todos los rincones de la Tierra” (Confucio)

Nuestro cerebro es una máquina de anticipar. A lo largo del proceso evolutivo ha incrementado paulatinamente su capacidad para predecir, utilizando analogías con el conocimiento acumulado de experiencias anteriores, tanto propias como de los ancestros. Según el escritor y filósofo José Antonio Marina, no existe especie más miedosa que la humana. Es el tributo que hemos de pagar por nuestra inteligencia privilegiada.

Por un lado, esta facultad para ser previsores constituye una ayuda inestimable para la supervivencia, dado que permite evitar el peligro incluso antes de que se manifieste. También es un recurso para aprender, así como para planear proyectos y crear medios con que lograr metas futuras. Pero esta habilidad también causa alguno de nuestros fallos más evidentes.

Precisamente la capacidad de anticipar es lo que atrapa a muchas personas en círculos viciosos de preocupación. Al vivir entre el recuerdo y la imaginación, entre los fantasmas del pasado y el futuro, se reavivan antiguos peligros o se inventan amenazas nuevas. Resulta fácil entonces confundir la fantasía con la realidad, y sufrir terriblemente por la incertidumbre de lo que pueda pasar.

¿Una cuestión de carácter?

“Al hombre sólo le gusta contar sus problemas, pero no cuenta sus alegrías” (Fiódor Dostoievski)

Hay personas que se definen como sufridoras. Consideran la preocupación como un rasgo de su carácter. No sólo se atormentan a sí mismas con esta exagerada aprensión, sino que también suelen desplazar este temor a las personas de su entorno. Piden, o a veces exigen, recibir noticias constantes para lograr su propia tranquilidad y, sin darse cuenta, pueden hacer sentirse a los demás responsables de su sufrimiento.

A nivel social, preocuparse por el bienestar ajeno se considera signo de interés y entrega hacia los demás. Posiblemente por este motivo quienes se identifican con esta cualidad la proclaman incluso con orgullo: “Soy así, no puedo evitarlo”.

En parte esta afirmación resulta acertada. Si se intenta eliminar de la mente una preocupación a menudo se obtiene el resultado contrario: el pensamiento se torna todavía más presente o se intensifica. Se debe al efecto paradójico de la evitación, pues cuando se pretende no pensar en algo, en ese mismo momento ya está ocupando la mente.

Intentar suprimir las ideas que generan angustia, por tanto, no supone una verdadera solución. Por eso al final la persona cree que la inquietud es algo irremediable y superior a ella.

Adiestrar el pensamiento

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo” (Franz Grillparzer)

Quizá no se pueda evitar que aparezcan preocupaciones, pero sí decidir conscientemente qué hacer con ellas. De ese modo, en vez de crecer e invadir gran parte del espacio mental, pueden definirse de manera más concreta y dar pie a acciones productivas.

Sabemos que los pensamientos influyen directamente en el estado anímico y encierran por ello un gran poder. Pero pocas veces se señala que al pensar bien también se aprende, lo cual a menudo ni surge de manera natural ni resulta fácil. Si se deja que la mente vague libre, es posible que la persona se sienta perdida a causa de un pensamiento desbordado y fuera de control.

Para empezar, conviene ser cuidadoso con los calificativos que se utilizan al hablar de uno mismo, especialmente si se trata de etiquetas limitantes que cierran posibilidades de cambio. Las personas tenemos ciertas tendencias de carácter, pero lo valioso es utilizar esta materia prima -sea una predisposición ansiosa, perfeccionista, extrovertida…- para sacarle el máximo partido en vez de que se transforme en algo problemático. La clave es aprender a tratar las preocupaciones como lo que son: ideas sobre el futuro pero no el futuro en sí. De hecho, en cuanto aparece una inquietud se puede decidir entre alimentar el temor o ponerle límites.

Una cosa son los pensamientos que surgen y otra la persona que los experimenta, que puede observarlos y elegir cómo actuar ante aquello que ocupa su mente. Realizar esta diferenciación permite adquirir mayor dominio sobre los propios pensamientos, aprendiendo a valorarlos, a comprobar su veracidad o a definir la probabilidad de que lo que se teme realmente suceda. De este modo, en vez de estar a merced de las propias preocupaciones, se adquiere la libertad para escucharlas o no según convenga.

Percepción distorsionada

“Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias” (John Locke)

La preocupación mantiene a la persona en un continuo: “¿Y si…?”, que se traduce en un estado de alerta y tensión, nerviosismo e incluso irritabilidad. Viene a ser como si todas las alarmas estuvieran encendidas.

Podemos imaginar lo que implica sostener a lo largo del tiempo un estado de tensión de este tipo. La preocupación excesiva se vincula a trastornos de ansiedad y produce un importante desgaste físico y mental. El sufrimiento de quien se preocupa excesivamente es real, aunque el principal artífice sea su propia mente y no las circunstancias.

La psicología nos advierte sobre las distorsiones cognitivas. Consisten en modos de interpretar la realidad que resultan desacertados o extremos y conducen a emociones y estados anímicos desagradables. En la preocupación resulta evidente que las cosas no nos afectan por lo que son sino por cómo las vemos.

Las personas que se angustian más de la cuenta suelen sobrevalorar el peligro e infravalorar su capacidad para afrontarlo. Su atención se dirige especialmente a lo que resulta más negativo o amenazador, haciendo caso omiso de las demás señales.

De entrada, no hay que creerse al pie de la letra el mensaje que surge desde la preocupación, dado que probablemente se trata de una información distorsionada que es preciso contrastar con la realidad.

Tolerar la incertidumbre

“La dicha humana reside en dos cosas: estar libre de enfermedades del cuerpo y libre de preocupaciones del espíritu” (Lin Yutang)

Quien tiende a preocuparse suele tener una asignatura pendiente: aprender a tolerar mejor la incertidumbre.

Es precisamente la dificultad para aceptar lo incierto lo que conduce a utilizar la preocupación como una estrategia de control. Ante una situación, se imaginan todas las posibles eventualidades, con el fin de obtener una respuesta adecuada para cada una. Mantener la mente ocupada alivia la inquietud del “no saber”.

Sin embargo, a pesar de proporcionar esta ilusión de control, sufrir por anticipado no varía la probabilidad real de que algo suceda. Es más, vivir con el alma en vilo conlleva un alto coste: sentirse mal y angustiado durante todo el proceso.

Reorganizar la mente

“Hay dos tipos de preocupaciones: las que usted puede hacer algo al respecto y las que no. No hay que perder tiempo con las segundas” (Duke Ellington)

Si nuestra mente pudiera compararse a una pantalla de ordenador sería útil observar cuántos archivos con temas preocupantes están en danza en este momento. Cuando existen demasiadas carpetas abiertas el sistema va más lento, dado que las preocupaciones consumen memoria operativa. Y en ocasiones aparece un tema principal que ocupa toda la pantalla.

Siguiendo con el símil del ordenador, al observar las preocupaciones que aparecen en la pantalla conviene valorar si merecen que se les dedique cierto tiempo, si es preferible resolver esas cuestiones definitivamente y cerrarlas o si ha llegado el momento de arrojarlas a la papelera y eliminarlas para siempre del escritorio.

Por supuesto, no toda preocupación resulta nociva; a menudo, ante sucesos difíciles, es irremediable y humano sentir inquietud. Entonces puede ser útil preguntarse: ¿estoy mentalmente en el momento presente o más bien en el futuro? o ¿qué puedo hacer ahora para mejorar la situación? Diferenciar lo que está en nuestras manos y lo que no permite vivir un presente más libre de preocupaciones.

Extraído del reportaje de Cristina Llagostera publicado en Reportajes de Psicología de El PAÍS

Otros enlaces relacionados:

Soluciones a los problemas de la preocupacon patológica

La preocupación de los jóvenes

Formar parte de un grupo social

1 Noviembre, 2009 Deja un comentario

Grupos

Nos gusta formar parte de un grupo, entregarnos a él y mostrar generosidad con los demás; nos gusta formar alianzas con otros grupos y también competir con ellos. ¿Es la conciencia social lo que nos distingue del resto del reino animal? El psicólogo social Mark van Vugt vuelve al programa Redes de TVE para discutir con Punset los orígenes evolutivos y las ventajas de la vida en comunidad.

Eduard Punset:

Bueno, estamos en la Universidad de Kent, en Canterbury, en el Reino Unido. Y estamos aqui porque nos interesa saber qué es eso de la conciencia social: por qué la gente de pronto se siente bien en un grupo, y está dispuesta a hacer cantidad de sacrificios a favor de este grupo, y está dispuesta a renunciar a cosas que le importan mucho en aras de este grupo. Mark, gracias por estar aquí…

Mark Van Vugt:

De nada.

Eduard Punset:

…para conversar de algo que realmente se entiende muy poco. ¿Sabes? Me pregunto (y ahorahablamos de la identidad social de las personas) qué tipo de mecanismos son los responsablesde que alguien crea que pertenecer a un grupo es la cosa más positiva y fantástica que puedesucederle… y renuncie a dinero, y renuncie a cargos que le ofrecen otras personas… pero no, decide quedarse con su grupo, por el mero hecho de que: «es mi grupo»…

Mark Van Vugt:

Bueno, para responder a esta pregunta tenemos que remontarnos a nuestros antepasados, retroceder muchísimo en la evolución humana, probablemente un par de millones de años, cuando los humanos decidieron que era mejor vivir en grupo que individualmente. En ese momento, vivían en la sabana donde había muchos peligros y amenazas en el entorno:
muchos depredadores, por ejemplo. Así que tenían que quedarse con su grupo para sobrevivir. Y cuando se encontraban con otros individuos, a través de su identidad social, podían relacionarse y acceder a redes de intercambio y comerciar con cosas… eso era realmente útil.

Eduard Punset:

Pero hay algo que es imposible entender salvo si se hace una investigación exhaustiva, como has hecho tú. Me refiero a que hablas del intercambio de información y de productos hace dos millones de años, de acuerdo. ¿Pero qué es lo que explica el altruismo, es decir, el hecho de que la gente no intercambie, sino que haya alguien loco, no sé, alguien suficientemente loco como para dar algo porque sí? ¿Sabes? ¡A veces incluso la vida!

Mark Van Vugt:

Pues bien, hay distintas teorías para lo que se conoce como altruismo. El altruismo consiste en beneficiar a alguien a costa de uno mismo. El ejemplo más obvio se produce entre los que comparten parentesco, entre los miembros de una familia. Éstos comparten parte de sus genes, y puede que sea beneficioso para los genes establecer un intercambio o ayudar a otra persona. Sin embargo, hay otras formas de altruismo que son muy frecuentes en los seres humanos y que se basan en la reciprocidad, incluso en la reciprocidad indirecta, donde yo te doy algo y espero que me lo devuelvas más adelante. Y aquí es donde entra en juego de nuevo la identidad social, porque saber que pertenecemos al mismo grupo me da cierta seguridad de que más tarde me corresponderás: me darás algo que necesite cuando lo necesite.

Eduard Punset:

¡Exacto! Pero, Mark, incluso en este caso, incluso así… tiene que haber algo más. Tiene que haber algún mecanismo psicológico que nos ayude a ser altruistas. Estoy pensando en algo muy tonto y muy evidente…. Es decir… ¿cómo evitar a los aprovechados, los gorrones? Yo mismo, y supongo que lo mismo le pasa a mucha gente, muy pocas veces nos equivocamos  cuando decidimos confiar en esta persona o en esa otra. Es decir, normalmente acertamos…

Mark Van Vugt:

Exacto. Sí, el porcentaje de acierto de la gente está por encima de lo aleatorio, por encima delazar, a la hora de predecir si alguien es digno de confianza o no.Es una capacidad que ha adquirido el ser humano gracias a la evolución. Y la razón radica en la importancia de estas redes de reciprocidad.

Eduard Punset:

¡Eso es!

Mark Van Vugt:

Pero hay otros mecanismos. Por ejemplo, nuestras emociones sociales. Tenemos una gama riquísima de emociones sociales, que van desde la ira hasta la lealtad, pasando por la empatía y la compasión. Y se podría esgrimir que estas emociones han evolucionado para garantizar que los demás no nos puedan tomar el pelo tan fácilmente porque, si hacemos algo por alguien y esta persona no nos lo devuelve, nos enfadamos. A veces nos ponemos furiosos cuando se trata de una gran suma de dinero, por ejemplo… en cualquier caso, la ira es una respuesta emocional automática que les indica a los demás (a la persona en cuestión, pero también al resto) que no pueden darnos por sentados, que no se saldrán con la suya…

Eduard Punset:

¿Cuál sería tu conclusión principal, tras haber analizado los vínculos sociales de las personas?

Mark Van Vugt:

Pues bien… una conclusión es que somos criaturas inherentemente sociales, que nos gusta afiliarnos a otras personas en grupos no demasiado grandes, nos gusta trabajar conjuntamente y compartir con los demás, etcétera. Pero, al mismo tiempo, también nos gusta competir con otros grupos: nos gusta que nuestro grupo tenga éxito al competir con otros. Y si podemos lograrlo creando cooperación, o creando una moralidad que una a los miembros de un grupo…

Enlace a la entrevista completa en video

¿Por qué la Fobia Social es subdiagnosticada?

4 Octubre, 2009 Deja un comentario

Es muy grato para mi poder presentar el texto que sigue, escrito por alguien que explora el mundo de la Fobia Social buscando superar las dificultades y barreras generadas por este trastorno. Tal como indica su propio autor: “La razón central de mi interés por este artículo es compartir mi experiencia para que sea de utilidad a profesionales del área de la salud mental, en la detección y realización del diagnóstico de Fobia Social”. Mis felicitaciones por tan honesta y postiva actitud. Una colaboración asi justifica por si sola la existencia de este blog.

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AUTOR: Roberto Neumann Ringeling

A pesar de ser la Fobia Social un trastorno extremadamente discapacitante, y causa de difundidos sufrimientos, mi experiencia a lo largo de los años indica que es subdiagnosticada, aún después de repetidas sesiones de terapia y de repetidas consultas a diferentes profesionales.

A continuación expongo algunas razones probables que, en retrospectiva y con la ventaja de conocer actualmente mi diagnóstico, en mi opinión, ayudarían a explicar por qué el diagnóstico de Fobia Social no se realizó en mi persona oportunamente, aún existiendo tanta información sobre este trastorno.

Síntomas clásicos de la fobia social.

Si una persona acude a una consulta y comienza a explayarse sobre situaciones sociales donde experimenta gran temor o ansiedad, como por ejemplo, dar una charla, asistir a reuniones informales, asistir a fiestas, etc., y si además muestra muchos de los síntomas físicos del trastorno como palpitaciones, temblores y sudoración, entonces el cuadro de fondo está relativamente a la vista. Resulta evidente que la persona padece de un trastorno de ansiedad social y el diagnóstico de Fobia Social probablemente no tardaría mucho en realizarse.

El problema es que no muy a menudo llegan pacientes a las consultas describiendo los síntomas “clásicos” de Fobia Social, porque simplemente estos síntomas están ocultos detrás de una enredada malla de dificultades personales, difícil de descifrar incluso para el mismo profesional. Esta es una razón, a mi juicio, de por qué el diagnóstico de Fobia Social no se realiza.

Por lo tanto, cuando los síntomas de la Fobia Social son evidentes y están a la vista, el diagnóstico se realiza sin dificultades como se hace en muchas personas (menos del 20%). Sin embargo, cuando los síntomas no están tan a la vista, por razones que expongo abajo, la detección de este trastorno se dificulta enormemente, y el diagnóstico puede postergarse indefinidamente como pareciera ser el caso de mucha gente que padece este infortunio, y como fue el caso mío.

Niveles de intensidad mediana de Fobia Social

Cuando una Fobia Social está generalizada y el grado de ansiedad en situaciones de interacción social o de actuación en público es sólo de mediana intensidad, da la impresión que las dificultades pueden superarse con fuerza de voluntad y terapia adecuada, de la misma forma como lo haría cualquier persona con similares dificultades (pero que no padece del trastorno). A mi entender, esta es la razón por la cual yo asistí a innumerables sesiones de terapia, sin advertir que esto no darían el resultado deseado porque el diagnóstico de Fobia Social no se había realizado.

Específicamente, las dificultades generales de desenvolvimiento social que pueda tener una persona corriente se pueden confundir con los mismos problemas que tiene un fóbico social, excepto que las causas son totalmente diferentes. Por ejemplo, una persona corriente puede presentar cierto grado de retraimiento social debido a una autoestima baja, pero aunque en el fóbico social puede ocurrir lo mismo, el retraimiento no se debe a su autoestima negativa sino que forma parte del trastorno.

Esta es una razón por la cual el diagnóstico de Fobia Social en mi persona no se realizó. El hecho de que mi problemática fuera bastante parecida a la problemática de cualquier otra persona, confundió el juicio clínico de los terapeutas e impidió que el cuadro de fondo fuera diagnosticado. Ningún terapeuta sospechó que mi caso se trataba de una Fobia Social, seguramente debido a que los síntomas clásicos de esta fobia no estaban presentes, o al menos no eran tan evidentes.

En mi opinión, ésta es la gran causa por la cual el trastorno de Fobia Social es subdiagnosticado. La naturaleza de los síntomas del trastorno es confusa, se confunde con aflicciones de personas que no padecen el trastorno y, por lo tanto, la historia se repite en otros individuos de la misma forma como se repitió en mi persona, vale decir, a menos que un paciente llegue a una consulta describiendo síntomas obvios de fobia social, el trastorno no se diagnostica y la terapia puede continuar en forma indefinida.

El efecto amigo

En mi experiencia de haber vivido con fobia social desde los diez o doce años, he notado que a través de los años, siempre aparecen personas amigas donde existe y se genera gran interés por la amistad. En presencia de estas personas la fobia social desaparece, haciendo que la relación sea absolutamente normal (casi en forma calcada como aparece mencionado en la literatura). El por qué esta situación es así no la conozco, pero sí me doy cuenta que puede presentar una confusión para el diagnóstico de fobia social, porque lleva a pensar que el trastorno de fondo no existe (dado que en presencia de estas personas la enfermedad no se manifiesta).

En ausencia de estos amigos, cuando aparecían los malestares propios del trastorno, los consideraba como algo transitorio, ajeno a mi forma de ser, producto de las circunstancias y que con seguridad los solucionaría en un futuro cercano. Siempre pensé que mi forma de ser era “normal”, como cuando estaba en presencia de estas personas. Desgraciadamente esto ocultó por muchos años, tras una aparente normalidad, la presencia del cuadro de fondo que era Fobia Social.

El efecto enemigo

De la misma manera como existen personas que tienen la propiedad de anular mi fobia social en presencia de ellas, existen otras personas que producen el efecto contrario: me resultan tremendamente feneradoras de fobia y me producen una gran necesidad de evitarlas. A estas personas nunca las mencioné en ninguna terapia como parte de mi problemática, porque siempre pensé que la enemistad se debía a características propias de ellas, por ejemplo que eran demasiado agresivas o poco amistosas etc., y no a una manifestación propia de la Fobia Social. Nunca se me ocurrió relacionar el miedo que desarrollaba por estas personas con algo que fuera parte de un problema mayor, porque no tenía conciencia que existiera ese problema mayor.

Estas peculiaridades de de la Fobia Social son ejemplos de cómo este trastorno conduce a la formulación de creencias equivocadas que uno construye para explicar la realidad, y contribuyen a confundir la comprensión de cómo se manifiesta este trastorno en la vida real, agregando mayor dificultad a la realización del diagnóstico.

El efecto vergüenza de los síntomas.

La naturaleza misma de la Fobia Social consiste en evitar situaciones de interacción social por temor a la humillación, a ser juzgado y evaluado negativamente por los demás. Por esta razón, resulta también vergonzoso admitir estos temores a otras personas porque se asocia con cobardía, debilidades de carácter o ineptitud social. Este temor a la humillación y a ser juzgado en situaciones de interacción social, también es vergonzoso admitirlo incluso a uno mismo, y por tanto se esconde a cualquier precio ante la propia persona y ante los demás, incluyendo situaciones de terapia donde hay profesionales que estarían dispuestos a escuchar.

Este es otro factor que dificulta el diagnóstico de Fobia Social, porque si los síntomas del trastorno no se revelan (por vergüenza), dificulta tomar conciencia de la existencia de un cuadro de fondo. Si los síntomas típicos que se requieren para realizar el diagnóstico de Fobia Social “no están presentes”, se podría concluir con justa razón que el trastorno no existe.

El efecto inconciencia del trastorno

La persona que padece de Fobia Social se da cuenta que tiene un problema grave, sabe que lo pasa mal, pero no tiene conciencia de que padece de un cuadro de fondo de trastorno social, que pudiera ser conocido y bien estudiado. Probablemente ni siquiera haya escuchado el término Fobia Social, ni de cualquier otro trastorno siquiátrico que pudiera dar luz a su problemática.

Los síntomas de esta enfermedad no son obvios de reconocer como parte de un cuadro general. Normalmente son difusos, complicados de identificar y a menudo se confunden con las dificultades propias de cualquier interacción social (excepto que son mas extremos). A menos que una persona conozca de este trastorno de ansiedad, no tiene forma de advertir que esta sea la razón de sus malestares. Personalmente, yo pasé años tratando de descubrir y descifrar la causa de mis problemas sin éxito, incluso después de haber estudiado cuatro años de Psicología y de haber atendido a numerosas consultas profesionales (finalmente el diagnóstico se realizó, gracias en parte a circunstancias fortuitas).

Con los años de vivir con Fobia Social, sin advertir que se padece esta enfermedad, las personas se acostumbran a ella, desarrollan estrategias y organizan sus vidas alrededor de los síntomas (hasta donde es posible). Cuando acuden a las consultas por ayuda, lo hacen por problemas puntuales y son tratados por esos problemas sin que nunca nadie sospeche de nada fuera de lo ordinario, o más allá de la problemática inmediata.

El efecto caos e impredecibilidad

A diferencia de la mayoría de las fobias comunes, como por ejemplo fobia a las jeringas o fobia a la altura, donde el comportamiento pareciera seguir un patrón determinado y predecible, el comportamiento de la Fobia Social es más bien caótico e impredecible. En la Fobia Social generalizada, la intensidad de la ansiedad en diferentes situaciones de interacción social o de actuaciones en público, nunca es la misma. La misma situación, una reunión familiar, por ejemplo, puede la mayoría de la veces ser una experiencia extremadamente fóbica, y en otras ocasiones puede incluso ser agradable. Todas las situaciones sociales producen diferentes grados de ansiedad y el grado de intensidad fóbica a una misma situación puede ser distinto en diferentes ocasiones dependiendo de otros factores situacionales. Lo mismo ocurre con las personas: existen personas que me producen mucha ansiedad y otras que me producen el efecto contrario, y también existen otras personas que no me producen ningún efecto, ni a favor ni en contra.

Personas que no me producían ningún grado de ansiedad pueden de pronto volverse tremendamente generadoras de fobia si algo ocurre en la relación y viceversa. Incluso una misma persona puede producir diferentes grados de ansiedad, dependiendo de las características de la situación en la que se encuentren interactuando. Además, para complicar aún más la situación, si las condiciones de vida en un período de tiempo determinado son favorables, como tener un nuevo empleo o una nueva relación de pareja, el nivel general de ansiedad social puede disminuir, y si las condiciones se tornan adversas o desfavorables, como haber sido recientemente despedido del trabajo, el nivel general de la ansiedad social puede aumentar.

Toda esta situación enredada y compleja de comprender acerca del comportamiento de la Fobia Social, como se expone arriba, ayuda a graficar lo difícil que es para la persona, y para el mismo terapeuta, identificar patrones claros y evidentes de comportamiento que revelen la existencia de un problema de fondo. Si fuera simple y predecible a primera vista, a mí me hubieran realizado el diagnóstico treinta años atrás. Esta es otra razón por la cual, a mi juicio, el diagnóstico de Fobia Social tan a menudo no se realiza.

Error de diagnóstico por patologías asociadas

Posteriormente, después de muchos años de vivir en forma inadvertida con Fobia Social, cuando los pacientes acuden a las consultas por otros trastornos mentales asociados que los obliga a consultar, la situación se vuelve más confusa aún, porque los síntomas de la nueva patología se pueden confundir con los síntomas del cuadro de fondo. Por ejemplo la depresión, que por su naturaleza produce una tendencia al retraimiento se puede confundir con el aislamiento social que es propio de la Fobia Social. Y éste además podría ser el caso para otros trastornos como el alcoholismo y la drogadicción, que por sus características pueden también generar dificultad para integrarse socialmente, muy similar a como se da en el Trastorno de Fobia Social.

Personalmente, a lo largo de los años, yo también fui tratado en varias oportunidades por depresión, en ocasiones por depresión profunda, sin que el diagnóstico de Fobia Social me fuera realizado. Incluso, también fui tratado por otras patologías que en su momento pudieran haber sido reales, pero que de haber tenido el diagnóstico correcto la situación hubiera sido diferente.

Por lo tanto, cuando las personas acuden a la consultas para tratarse por trastornos agregados, el diagnóstico de Fobia Social se torna progresivamente más difícil realizarlo, porque se esconde aún más con los síntomas de las nuevas patologías. Si, por las razones que hasta el momento he mencionado, el diagnóstico de Fobia Social ya es difícil de realizar, en presencia de nuevos trastornos se vuelve aún mucho más.

Importancia del diagnóstico

Es posible que el diagnóstico no sea el final de todos los males para un fóbico social, pero es el principio obligado para el inicio de terapias adecuadas. No estoy en condiciones de enseñar ni de dar consejos acerca de los tratamientos a seguir, una vez conocido el diagnóstico, pero sí puedo dar a conocer porqué fue importante para mí y de qué forma me ayudó.

Específicamente, conocer el diagnóstico me permitió relacionar en forma directa los efectos perjudiciales de la Fobia Social con cada una de mis aflicciones y de este modo pude explicar la causa real en cada situación. Esto permitió, a su vez, desligarme de responsabilidades personales y de pensamientos de culpabilidad respecto a carencias en mi vida. El resultado casi instantáneo de este proceso fue un mejoramiento radical de mi autoestima. Finamente, entendí que mis problemas no se debían a supuestas irresponsabilidades, inmadurez o falta de motivación por surgir, sino derechamente a los efectos perjudiciales e inevitables de la Fobia Social.

Otro beneficio de conocer el diagnostico fue permitirme terminar finalmente con la búsqueda por descubrir la causa de mis malestares, y aceptar que este trastorno de ansiedad está para quedarse y que lo más inteligente es aprender a vivir con él.

Conclusión general

El objetivo central de este escrito no es enseñar acerca de la Fobia Social ni realizar conclusiones generales a partir de mi experiencia particular. El objetivo es crear conciencia entre profesionales del área de la salud mental para que se interesen por desarrollar sus habilidades y conocimientos en la detección de este trastorno. Estoy seguro que si este texto llega a los profesionales en cuestión, gran parte de los objetivos ya estarían cumplidos incluyendo satisfacer mis intereses personales de aportar mi experiencia a esta causa.

Imposible gustar a todo el mundo

7 Junio, 2009 2 comentarios

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Estupendo arctículo de GASPAR HERNÁNDEZ, del cual extraigo algunos párrafos:

Arthur Schopenhauer ya habló de “la triste esclavitud de estar sometidos a la opinión ajena”. Según el filósofo, una persona inteligente debe moderar en lo posible el sentimiento relacionado con la vanidad, o con la opinión que tienen los demás sobre nosotros: “Resulta casi inexplicable cuánta alegría sienten las personas siempre que perciben señales de la opinión favorable de otros que halaga de alguna manera su vanidad; y, a la inversa, es sorprendente hasta qué extremo las personas se sienten ofendidas por cualquier degradación o menosprecio”. Schopenhauer estaba a favor de relativizar tanto los elogios como las críticas. Pero no es fácil.

Es imposible gustar a todo el mundo. En la infancia, la sociedad corta las alas de algunos de nuestros impulsos naturales –sorber la sopa, ensuciarnos la ropa, dormirnos en los restaurantes– porque a nuestro entorno le preocupa la imagen que estaremos dando o, más allá todavía, la imagen que estarán proyectando ellos como entorno. Y gustamos a todo el mundo, pero a medida que pasan los años, la verdad desagradable asoma: es imposible gustar a todo el mundo. El psicólogo y escritor Wayne W. Dyer sostiene que un 50% de la gente con la que nos topamos es susceptible de no estar de acuerdo con nuestras opiniones. Según Dyer, cuando alguien no está de acuerdo con nosotros, o nos critica, no nos tendríamos que sentir heridos; deberíamos pensar que, simplemente, hemos topado con un miembro de ese club del 50% que piensa de manera diferente.

Encontrar el equilibrio. Andar tan pendientes de las opiniones ajenas, el comportamiento de búsqueda de aprobación, puede ocasionar que nos dejemos de lado a nosotros mismos. Si eso pasa, Wayne W. Dyer asegura que llegará un momento en que confundiremos la jerarquía, llegando incluso a pensar que lo que los demás opinen de nosotros es más importante que lo que nosotros mismos opinamos. El sentido común nos dice que tampoco sería higiénico vivir al margen de la visión que los demás tienen de nosotros, porque algunas críticas pueden servirnos de espejo y de trampolín para la mejora, pero lo óptimo sería encontrar el equilibrio. Para empezar el camino hacia ese equilibrio, la psicóloga Begoña Odriozola propone que nos descentremos del yo, que salgamos y conozcamos otras culturas: así entenderemos que existe la diversidad y que, en realidad, la vida tiene tantos matices como personas.

A la vez, y aunque parezca una paradoja, los expertos proponen centrarse en uno mismo: saber con claridad quiénes somos y concedernos, además, el derecho a ser imperfectos. Porque depender únicamente de las opiniones ajenas puede hacernos acabar totalmente confundidos, fluctuando en función de las críticas o los elogios. El cineasta Woody Allen nunca lee las críticas a sus películas: “Porque cuando son buenas, te envaneces, y cuando son malas, te deprimes. Antes solía leer lo que escribían sobre mí, pero dejé de hacerlo porque no hay una distracción que te sirva de menos; es absurdo leer que uno es genio de la comedia o que actúa de mala fe”.

La persona demasiado susceptible tiende a valorar la opinión de los demás por encima de la propia y suele ser muy permeable a las críticas y los elogios: personas altamente sensibles, que pueden caer en el victimismo extremo e interpretar cualquier comentario, incluso una mirada, como una ofensa. Los susceptibles suelen ser personas desconfiadas, con una autoestima baja, y eso les hace parecer enemigos del mundo, cuando en realidad son enemigos de ellos mismos. Lo más habitual es que su hipersensibilidad los aísle del mundo, que pierdan amistades y que les cueste adaptarse a cualquier empresa. Pero son ellos los que más sufren: como dijo Leonardo da Vinci, “allí donde hay más sensibilidad, es más fuerte el martirio”.

Fuente: El País

Las mejores emociones

31 Mayo, 2009 1 Comentario

Antonio Damasio es profesor de la cátedra David Dornsife de neurociencia, neurología y psicología en la Universidad de Southern California donde también dirige el Instituto de Cerebro y Creatividad. En 2005, ganó el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica. Es autor de libros muy aclamados como La sensación de lo que ocurre, El error de Descartes o En busca de Spinoza: neurología de la emoción y los sentimientos.

Ver tambien: Las emociones

EL PERFECCIONISTA

1 Mayo, 2009 4 comentarios

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A cambio de hacerlo todo bien, el perfeccionista vive en continua insatisfacción, tensión y preocupación ya que se siente juzgado y criticado tanto personalmente como por los demás, lo cual le impide lograr la felicidad que busca toda persona. Pensar con frecuencia que algo nunca es suficiente o no está lo bastante bien, así como el hecho de rendir más del cien por ciento en todo lo que se hace, son algunas señales características de alguien perfeccionista. Por lo general, el perfeccionismo se busca en muchos lados, desde que se es niño, los adultos imponen ciertos parámetros para competir con los demás, siendo cada vez mejores, dando más de lo que se puede dar y llegando siempre a la excelencia; sin embargo, algunas veces alcanzar metas demasiado elevadas y poco realistas, provoca una insatisfacción constante en la persona.

ASPECTOS NEGATIVOS DEL PERFECCIONISMO

- A nivel patológico, el perfeccionismo puede hacer que la persona no pueda empezar alguna tarea o trabajo por desconocer el modo ‘correcto’ de hacerlo.

- El desprecio por uno mismo termina disminuyendo la autoestima y basando su felicidad en la aprobación y reconocimiento de otras personas sólo por sus logros y no por su valor como persona.

- En el ámbito laboral, el perfeccionismo a menudo viene acompañado de baja productividad, dado que se pierde tiempo y energía en los detalles irrelevantes de las tareas o actividades diarias.

- Los perfeccionistas, debido a que se exigen demasiado a sí mismos, esperan lo mismo de las otras personas y esto provoca alejamiento y carencia de vida social.

RADIOGRAFÍA DE UN PERFECCIONISTA

-  Temor al fracaso. Los perfeccionistas asocian el fracaso con una falta de valor personal y constantemente piensan que si fallan en algo no valen para nada. Al estar demasiado centrados en tratar de evitar cometer errores, pierden oportunidades de crecer y aprender.

- Miedo a la desaprobación de los demás. Creen que si dejan que los demás vean sus defectos o fallos, los rechazarán. Intentar ser perfecto es un modo de protegerse de las críticas, el rechazo o la desaprobación de los demás.

- Pensamiento radical. Se van de un extremo a otro sin tener en cuenta los términos medios, de modo que si no hacen las cosas perfectas, consideran que no sirven para nada o se sienten incapaces de seguir adelante.

- Reglas demasiado rígidas. Los perfeccionistas están llenos de reglas rígidas que les dicen cómo deberían vivir sus vidas, además están dominados por el miedo al rechazo y las opiniones de los demás.

- Establecimiento de metas inalcanzables. Tienden a imponerse este tipo de objetivos pero luego fracasan al intentar alcanzarlas debido a que son imposibles de conseguir. Esto hace que se culpen y se critiquen a sí mismos, lo cual puede dar lugar a baja autoestima, depresión y ansiedad.

- Autocontrol distorsionado. Cualquier acción que realizan debe estar controlada de forma voluntaria, por lo que no son capaces de actuar de manera espontánea; tratan también de controlar sus propios deseos y emociones.

- Trastornos alimenticios. Son uno de los signos asociados a la actitud perfeccionistas, así como las crisis de ansiedad, depresión y estrés.

EL PERFECCIONISMO EN LAS RELACIONES

- Los perfeccionistas tienden a anticipar o a temer el rechazo y la desaprobación de los demás.

- Reaccionan de un modo exagerado a las críticas y, al hacer esto, frustran a los demás y los alejan de ellos, ya que se muestran siempre a la defensiva.

- Con frecuencia tienden a exigir a los demás unos estándares tan altos como se exigen a sí mismos, de manera que pueden resultar poco tolerantes y demasiado críticos con los demás.

- En sus relaciones con otras personas también intentan ser perfectos en todo momento, dicen siempre lo correcto, actúan de forma apropiada, nunca quedan mal, no cometen errores y sus conversaciones son perfectas.

- Sienten casi siempre una gran ansiedad, pues cuanto más se exija una persona a sí misma, más probabilidades tendrá de fracasar y mayor será su miedo al fracaso, esto puede dar lugar a problemas de ansiedad social o fobia social.

- Los perfeccionistas intentan evitar que los demás vean sus errores para no ser criticados y rechazados, por eso se cierran en sí mismos sin darse cuenta que el hecho de mostrarse sociables con otras personas hace que sean percibidos como más cercanos y más humanos.

- Tienden a tener conflictos o problemas en sus relaciones con los demás, ya que sólo muestran un lado de ellos mismos haciendo que se rodeen de personas superficiales e insatisfechas.

BIENESTAR

Aprenda a aceptarse como es.

Para evitar caer en el círculo vicioso que provoca el perfeccionismo, tome en cuenta estas recomendaciones:

- Modifique su modo de pensar y los comportamientos que alimentan el perfeccionismo, tales como tener que ganar el primer lugar o sacrificar las relaciones sociales.

- Establezca metas razonables, realistas y alcanzables, basadas en sus propias necesidades y en lo que ha logrado en el pasado; esto le facilitará el triunfo y aumentará su autoestima.

- Impóngase metas sucesivas de un modo secuencial, paso a paso. Cada vez que alcance un objetivo, establezca otro con un nivel por encima del anterior y así sucesivamente.

- En vez de exigirse un nivel de éxito del cien por ciento siempre, establezca diferentes niveles en distintas tareas. En algunos casos puede proponerse sólo un 60 por ciento de eficacia y pensar que eso es suficiente. Permítase fallar de vez en cuando y evite autocastigarse; algunas cosas se darán mejor que otras.

- Enfóquese en el proceso al realizar algo y no sólo en el resultado. Evalúe su éxito no sólo en función de lo que ha logrado, sino también en función de lo que ha disfrutado haciendo la tarea. Por ejemplo, si pasa tiempo preparando un trabajo que luego no sale bien, pero ha disfrutado haciéndolo y ha aprendido cosas nuevas, reconozca que hay un valor en el proceso de perseguir una meta, no solo en el hecho de alcanzarla.

- Si se siente ansioso, deprimido o abrumado, use esas emociones para aprender lo que tienen que decirle y preguntarle. Es importante abrirse con la gente, sobre todo, con sus seres queridos para conocer sus opiniones y consejos; recuerde que nadie nace siendo perfecto y, como todo ser humano, también tiene sentimientos.

- Afronte sus miedos y aprenda a aceptarse tal y como es. Pregúntese: ¿De qué tengo miedo? ¿es tan terrible si pasara tal cosa? ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿qué probabilidades hay de que ocurra lo peor?, esto le permitirá enfrentar con valor todo lo que venga.

- Muchas cosas sólo se aprenden cometiendo errores. Cuando cometa un error, pregúntese: ¿Qué puedo aprender de esto? ¿cómo puedo mejorar la próxima vez para no cometer este error? ¿soluciono algo sintiéndome así?

- Evite el pensamiento radical de “todo o nada” y trate de tener en cuenta los aspectos intermedios.

Fuente: La Guía