Es tan fácil
En los últimos días, se habla en los blogs y páginas web de un hecho referido a un agregador de noticias famoso que se presenta con el símbolos del elefante y recibe el nombre de Menéame.
Con los pesados y lentos movimientos de sus mastodónticas patas aplastaba sin piedad a quien osara acercarse para ofrecer sus humildes noticias. Pero un día muchos pequeños usuarios se rebelaron contra el gran dictador (ese dia fue conocido como el Ban Day).
Salieron en busca de un lugar sin imposiciones ni limitaciones.
Por casualidad pasaba por allí una pequeña abeja a la que llamaban Apezz, quien les propuso un nuevo mundo, lejos de la supremacía del elefante, en donde existiese participación y un trato democrático.
Era la esperanza de una vida mejor y más justa.
Más información sobre le tema en los siguientes enlaces:
El Ban Day como alegoría del Derecho
Entrevista a Ricardo Galli sobre lo sucedido en Menéame
Nos alegra que haya personas como Karen, que nos abre su alma con una muestra de sus intensos y conmovedores poemas.

Me llamo Karen, tengo 26 años, me gusta la poesía desde la infancia ya que la utilizaba como refugio a causa de mi gran timidez, escribí muchas sobre la fobia social a final de la adolescencia cuando descubrí que la padecía y se convirtió en una forma de expresar las emociones sin esfuerzo y sin miedo.
I
Alguien se alimenta de mi
Alguien vive conmigo,
Alguien
En mi azotea.
Yo me creo sus mentiras
Y las hago mías.
Juega conmigo
Celebra mis miedos
Oculta a la que soy yo
Tras sus burlas.
Y ni tú
Podrías entenderlo.
II
Un descubrimiento
Un grito de desesperación
En el túnel
Y comienza la lucha.
Me gustaría una casa con cientos de ventanas para abrir todos los días.
Un comienzo de integración con los fantasmas,
Una sensación de persona que vive
Vagando como ellos, valiéndose como ellos
Y saliendo a la luz como ellos cada día.
Me gustaría ser como ellos para poder conseguirlo.
O mejor dicho
Me gustaría que ellos fueran otros
Y así no temiera.
Me gustaría una apertura total
Y una comprensión infinita por partes ajenas.
Y así no temiera.

Los expertos le llaman “efecto placebo” al fenómeno por el cual una sustancia inerte (digamos, una píldora de azúcar) parece tener propiedades curativas cuando se administra como si fuese un medicamento. Pero no tiene por qué ser una píldora, puede ser también una inyección de suero salino o una cirugía en la que no se extirpa nada.
¿Por qué algo que no tiene principio activo puede tener un efecto tan convincente? Nuevas investigaciones en torno a este intrigante fenómeno parecen minimizar cualquier simplificación y se encaminan a demostrar cómo una mejor comprensión de la neurobiología y la psicología del “efecto placebo” podría tener profundas implicaciones en la práctica médica.
Las compañías farmacéuticas llevan años tratando de entender el “efecto placebo”, el cual les dificulta demostrar por qué fármacos, cuyo desarrollo ha costado millones de dólares, a veces no son mejores que una píldora de azúcar para tratar un problema de salud.
Mecanismos de acción
Hace unas semanas, la Revista de Neurociencia publicó un estudio científico que vincula la actividad de un gen, el TPH2, con una mayor probabilidad de que se presente el efecto placebo en el tratamiento de la disfunción psicológica conocida como “fobia social”, que identifica el pánico irrefrenable que sienten algunas personas a hablar en público.
“En este caso podemos decir que el efecto placebo es claro y significativo; es decir, para las personas con ese gen, una píldora de azúcar es suficiente para tranquilizar su fobia”, asegura un experto.
“Hay que recordar que no existe sólo un efecto placebo, sino muchos”, dice Fabrizio Benedetti, de la Universidad de Turín, una autoridad mundial en esta materia.
“El placebo prototípico es la pastilla de azúcar sin ningún principio activo, que se utiliza en los ensayos clínicos para comparar la eficacia de un fármaco. Pero hay otros placebos; por ejemplo, cuando alguien va al médico y después de hablar con él se siente mejor, o cuando recibe un diagnóstico negativo y el paciente comienza a sentirse peor.
El efecto placebo parece estar especialmente relacionado con enfermedades asociadas a los circuitos cerebrales vinculados al dolor, a los problemas mentales, a los procesos inflamatorios y a las patologías del sistema inmune, como la artritis y las alergias.
“Si se trata de dolor, encontramos a muchos pacientes que responden al placebo; pero si se trata de un cáncer, el efecto placebo es práct icamente nulo”, señala Benedetti.
“Y a medio camino están condiciones como las inflamaciones del intestino, en las que el 40 por ciento de las personas a las que se les suministra un placebo declaran sentir mejoría”.
“Pensamos en el placebo como un efecto puramente psicológico, pero las nuevas investigaciones muestran que, en realidad, el placebo utiliza los mismos canales neurológicos que los fármacos a los que imita, y que realmente desata una serie de efectos bioquímicos que son no sólo demostrables, sino que se pueden medir, como es el caso de la liberación de endorfinas, neurotransmisores que calman el dolor”.
En 2004, el profesor Benedetti demostró que el placebo propicia la liberación de dopamina en enfermos con Parkinson. Los pacientes del estudio respondían igual a una solución salina que al fármaco con el que eran tratados contra la enfermedad.
“Se ha podido demostrar que tanto el fármaco como el placebo evocan actividades similares en el cerebro, implican las mismas estructuras y desencadenan la liberación de los mismos neurotransmisores.
“Esto nos indica el porqué de la mejoría que experimentan los pacientes. En este caso, la explicación de que la persona sienta menor dolor después de tomar el placebo se debe a que su cerebro está produciendo endorfinas y tiene realmente menor percepción del dolor”, dice Benedetti.
Sugestión y ensayos clínicos
La gran paradoja del efecto placebo es que aun cuando tomemos un medicamento que realmente funciona, necesitamos estar conscientes de que lo estamos tomando para que sea realmente efectivo.
En otras palabras, si no somos conscientes de que estamos tomando un fármaco, éste no tiene el mismo efecto. Es decir, el efecto del medicamento se produce en cierta medida porque esperamos que funcione, de modo que si la misma dosis se aplica a personas que por una determinada razón no tienen la misma expectativa de curación, el efecto no es igual. O sea que la creencia de que “va a funcionar”, forma parte del proceso de curación.
Una de las principales aplicaciones del placebo es su utilización controlada en ensayos clínicos. Los participantes se dividen en dos grupos, a uno de ellos se le da el fármaco cuya eficacia se pretende evaluar, y al otro, una píldora sin principio activo. Si se constata que la mejoría ha sido mayor en el grupo que recibió el principio activo, se habrá demostrado la eficacia del fármaco.
Para evitar los posibles efectos de la sugestión, la investigación se sujeta a lo que se conoce como “estudio doble ciego”. Un procedimiento al azar en el que ni los pacientes que participan en el experimento ni los investigadores que intervienen saben qué toma cada uno de los participantes en el estudio.
Sin embargo, se ha demostrado que incluso utilizando este método, en teoría seguro, algunos fármacos que no son efectivos pueden dar mejores resultados que el placebo. Y a la inversa, hay casos de medicinas de efectividad demostrada que no han superado al placebo.
“Nunca podemos estar completamente seguros del efecto de un fármaco, ya que el simple acto de administrarlo activa una compleja cascada de sucesos bioquímicos en el cerebro”, dice Benedetti.
“Sabemos a ciencia cierta que el placebo puede oscurecer los resultados de sustancias que han demostrado previamente ser efectivas. Cualquier medicamento que esté en proceso de ser validado puede interferir con los mecanismos del placebo llevándonos a una interpretación errónea’, explica Benedetti.
Por eso él y otros colegas proponen la utilización de experimentos alternativos, en los que el paciente además de desconocer si está recibiendo un placebo o un fármaco, desconoce cuándo se produce esta administración, o incluso que se elimine todo aquello que lleve al paciente a creer que está tomando una cosa cuando en realidad se le administra la contraria, para así poder estudiar mejor los efectos contradictorios del placebo.
“Una alternativa sería, por ejemplo, dar dos pastillas al paciente, una verde y otra amarilla, sin decirle cuál es cuál, y pedirle que tome la que prefiera, siempre que no sean las dos a la vez. Después podríamos estudiar, no lo que el paciente nos dice, sino su comportamiento, ver qué pastilla toma más como indicio de su efectividad. La cuestión de fondo en estos tratamientos alternativos es la ética, ya que probablemente no van a ser aceptados por los organismos reguladores”, explica Benedetti.
La ética
Así llegamos al punto espinoso de la cuestión. ¿Es ético decirle a alguien que está tomando un fármaco cuando en realidad está recibiendo un placebo? Sin duda, no lo es, y por ello a las personas que participan en experimentos clínicos se les avisa de que pueden estar tomando el fármaco o el placebo y que ni ellos ni los médicos saben qué toma cada uno.
¿Es ético que haya pacientes a quienes su médico recete sólo un placebo? Según una encuesta publicada recientemente por la Revista Médica Británica, más de la mitad de los médicos estadounidenses suministran placebos a sus pacientes.
“En cuestiones de placebo se ha demostrado que cuanto más vistoso y costoso sea el tratamiento, el valor simbólico que el paciente asigna al mismo es también mayor. Por ejemplo, se ha observado que las píldoras rojas consiguen un mejor efecto placebo que las amarillas, que un placebo es más efectivo si se inyecta, y que el efecto es aún más impresionante si el placebo consiste en ingresar al paciente a un quirófano (en este último caso el paciente se anestesia y se le practica una incisión. Nada más).
Diversos experimentos han demostrado que si a una persona se le administra un fármaco que funciona y en un determinado momento se le sustituye por un placebo, el paciente experimenta la misma respuesta.
Esto nos hace ver el inmenso potencial de la función terapéutica del placebo. Por ejemplo, usarlo en enfermedades crónicas para las que no existe tratamiento, o cambiarle a ciertos pacientes los fármacos que tienen fuertes efectos secundarios.
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