Phobia Club
Gustavo Bustamante presenta una entidad que se dedica a los trastornos de ansiedad | Agencia Noticias DERF
Gustavo Bustamante presenta una entidad que se dedica a los trastornos de ansiedad | Agencia Noticias DERF
Por Christopher Lane, profesor de Lengua Inglesa en la Universidad de Northwestern, es autor de Shyness: How Normal Behaviour Became a Sickness (“La timidez o cómo un comportamiento normal pasó a ser una enfermedad”).
Los Estados Unidos han llegado a un punto en que casi la mitad de su población es calificada de mentalmente enferma de algún modo y casi una cuarta parte de sus ciudadanos – 67,5 millones– han tomado antidepresivos.
Esos alucinantes datos estadísticos han desencadenado un debate generalizado y a veces rencoroso sobre si la población está tomando muchos más medicamentos de lo necesario para problemas que pueden no ser siquiera trastornos mentales.
Los estudios hechos indican que el 40 % de todos los pacientes no acaban de padecer las enfermedades que los médicos y psiquiatras les diagnostican y, sin embargo, en los EE.UU. se siguen escribiendo 200 millones de prescripciones anuales para tratar la depresión y la ansiedad.
Quienes defienden semejante uso generalizado de los medicamentos que se despachan con receta insisten en que una parte importante de la población no recibe suficiente tratamiento y, por tanto, tampoco suficiente medicación.
Para contribuir a zanjar esa polémica que se ha prolongado durante mucho tiempo, investigué por qué el número de trastornos psiquiátricos reconocidos se habían disparado tan espectacularmente en los últimos decenios.
En 1980 se añadieron 112 nuevos trastornos mentales a la 3ª edición del Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales (MDE-III). En la 3ª edición revisada (1987) y en la 4ª (1994) aparecieron 58 trastornos más.
Con más de un millón de ejemplares impresos, ese manual es conocido como la biblia de la psiquiatría americana; es, desde luego, como una sagrada escritura invocada en escuelas, cárceles, tribunales y por los profesionales de la salud mental de todo el mundo. La adición de un nuevo código de diagnóstico tiene consecuencias prácticas muy serias.
Entonces, ¿cuáles fueron las razones para añadir tantos en 1980?
Después de varias solicitudes a la Asociación Psiquiátrica Americana, se me concedió acceso completo a los centenares de memorandos y cartas inéditos e incluso votaciones del período comprendido entre 1973 y 1979, cuando el grupo de trabajo sobre el MDE-III debatió cada uno de los trastornos nuevos y ya existentes. Una parte de esa labor fue meticulosa y loable, pero el proceso global de aprobación fue más caprichoso que científico.
El DME-III fue el resultado de reuniones que muchos de los participantes calificaron de caóticas. Más adelante, un observador señaló que la poca cantidad de investigaciones a las que se recurrió fue en realidad “un batiburrillo: disperso, incoherente y ambiguo”.
Increíblemente, las listas de síntomas correspondientes a algunos trastornos se confeccionaron en cuestión de minutos. En algunos casos de campo utilizados para justificar su inclusión correspondían a un solo paciente evaluado por la persona que proponía la nueva enfermedad.
Algunos expertos presionaron para que se incluyeran enfermedades tan discutibles como “trastorno de infelicidad indiferenciada y crónica” y “trastorno de las quejas crónicas”, algunas de cuyas características eran las quejas sobre los impuestos, el tiempo e incluso los resultados deportivos.
La fobia social (más adelante titulada “trastorno de ansiedad social”) fue uno de los 7 nuevos trastornos de ansiedad creados en 1980. En el decenio de 1990 los expertos lo llamaron “el trastorno del decenio” e insistieron que hasta 1 de cada 5 americanos lo padecía.
Sin embargo, la historia completa resultó bastante más complicada. Para empezar, el especialista que en el decenio de 1960 reconoció originalmente la ansiedad social (Isaac Marks, renombrado experto en miedo y pánico, radicado en Londres) opuso gran resistencia a su inclusión en el MDE-III como categoría de particular enfermedad.
La lista de comportamientos comunes asociados con ese trastorno le dio que pensar: miedo a comer solo en restaurantes, evitación de los retretes públicos y preocupación por el temblor de manos. Cuando una revision de un grupo de trabajo añadió la aversión a hablar en público en 1987, ese trastorno pareció suficientemente elástico para incluir prácticamente a todos los habitantes del planeta.
Para contrarrestar la impresión de que se estaban convirtiendo miedos comunes en afecciones tratables, se añadió al MDE-IV una cláusula en la que se estipulaba que, antes de que fuera posible diagnosticarlo, los comportamientos de ansiedad social debían ser “invalidantes”, pero, ¿quién obligaba a los especialistas a respetar esas normas?
Pese a la cláusula relativa al deterioro invalidante, el trastorno de ansiedad creció como hongos; en el 2000, era el 3º trastorno psiquiátrico por el número de afectados en los Estados Unidos, tras la depresión y el alcoholismo.
Tendríamos que elevar mucho más los umbrales para los diagnósticos psiquiátricos y resucitar la distinción entre enfermedad crónica y padecimiento leve, pero existe una feroz resistencia a hacerlo por parte de quienes dicen que están luchando contra trastornos mentales graves, para los cuales la medicación es el único tratamiento viable.
Si no se reforma la psiquiatría, habrá un desastre en materia de salud pública. Téngase en cuenta que la apatía, las compras excesivas y la utilización excesiva de la red Internet cuentan con muchas posibilidades de ser incluidos en la próxima edición del MDE, que se publicará en 2012. A juzgar por lo que nos muestra la historia de la psiquiatría, no se tardará en hacer propaganda de una nueva clase de medicación para tratarlos.
Debe prevalecer la cordura: si todo el mundo está mentalmente enfermo, en ese caso nadie lo está.
Copyright: Project Syndicate, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
Fuente: Soy donde no pienso
Quienes han aprendido a convivir con el ridículo, a reírse de sí mismos, a relativizar la repercusión de sus palabras y sus actos, pocas veces se sienten atenazados por el apuro.
JOSÉ MARÍA ROMERA escribe este interesante y polémico artículo en el Correo Digital:
«No te crees enemigos, pero sobre todo no te crees enemigos tímidos», advirtió en sus ‘Pensamientos’ el perspicaz moralista La Beaumelle. Y es que la timidez engendra en muchos de quienes la padecen una suerte de resentimiento difuso que provoca reacciones inesperadas. El tímido se encoge en presencia de los otros; pero cuando está acorralado puede actuar como las bestias heridas. ¿Quién no se ha sorprendido alguna vez al ver cómo una persona apocada o de natural retraído repentinamente monta en cólera con un furor inusitado? El hecho de que las personas tímidas tiendan a evitar a los demás y a escapar de situaciones donde se creen expuestas a la inquisidora mirada ajena no garantiza que siempre vayan a reaccionar de igual manera. A veces una suerte de mecanismo de compensación lleva a los tímidos a comportarse agresivamente.
El tímido puede descargar su frustración sobre personas más débiles que él para desquitarse de su propia debilidad. En otras ocasiones experimenta arrebatos de euforia incontrolada que lo hacen irreconocible, como la ‘mosquita muerta’ que en una fiesta acaba dando la nota como si en vez de tímido fuese un redomado exhibicionista. La timidez tiene muchas máscaras, quizá porque no se proyecta tanto en las grandes decisiones de la vida como en aquellas situaciones que tiene algo de representación.
Pero en el saco de la timidez metemos demasiadas cosas. No es lo mismo ruborizarse a los quince años al cruzar una mirada con el chico o la chica de tus sueños que no salir de casa por la imposibilidad de mantener la menor relación con la gente, como sucede en los casos más acentuados de fobia social. Hay tímidos encantadores que han hecho de su debilidad un atractivo personal y otros hoscos, huraños, que actúan siempre a la defensiva.
El adjetivo ‘tímido’ proviene del verbo latino ‘timeo’ (‘tener miedo’). En principio la timidez sería, por tanto, una manifestación del miedo a los demás. El tímido es el que, o bien se deja vencer por ese miedo y adopta ante él respuestas de evitación, o se resigna a vivir con sus temores y con los malos tragos que de vez en cuando le ocasiona. La fobia social es un miedo más persistente y acentuado que se manifiesta en respuestas de ansiedad, de crisis de angustia o pánico, de pensamientos anticipatorios negativos.
Pero en todos los casos subyace un fondo de ideas sobrevaloradas acerca de los otros y también -por paradójico que parezca- acerca de uno mismo. Son ideas que se van forjando en las etapas de desarrollo más propensas a la inseguridad, especialmente en la adolescencia. El sujeto va enfrentándose a desafíos novedosos que le plantean interrogantes acerca de su propia condición. Da demasiada importancia a la opinión ajena, desarrolla un acentuado sentido del ridículo, se ve continuamente sometido a la evaluación ajena, y eso le amilana. Sin embargo, puede haber en la timidez un punto de egocentrismo. «La causa más frecuente de la timidez es una opinión excesiva de nuestra propia importancia», hizo notar Samuel Johnson. Quienes han aprendido a convivir con el ridículo, a reírse de sí mismos, a relativizar la repercusión de sus palabras y sus actos, pocas veces se sienten atenazados por el apuro o la parálisis del tímido. Se comportan más relajadamente porque saben que sus preocupaciones acerca del qué dirán les importan generalmente muy poco a aquellos de cuya opinión está pendiente.
No sólo se puede convivir perfectamente con la timidez, siempre que no alcance dimensiones patológicas: se le puede sacar partido. ¿Qué es el rubor sino una señal física de aviso que nos hace ponernos alerta ante situaciones imprevistas? Si no fuéramos capaces de sentir vergüenza ante otras personas por grandes o pequeños motivos, es probable que desatendiéramos aspectos de las relaciones humanas muy positivos. Andaríamos desaseados, olvidaríamos comportarnos de acuerdo con las reglas de la cortesía, acabaríamos tal vez rechazados por nuestra sociedad.
Echemos un vistazo, pues, a las cualidades del tímido. De entrada, es prudente. Como tiene miedo a equivocarse, no actúa irreflexivamente sino que sopesa sus decisiones. Es observador; al contrario que los extravertidos impetuosos que pasan a la acción sin más preámbulos, el tímido ve y escucha atentamente. Tal vez eso explique el hecho de que muchos grandes creadores (desde Marcel Proust hasta Woody Allen) y científicos (como Albert Einstein) fueran tímidos declarados. El tímido es, por otra parte, una víctima de la presión social que le conmina a ser más decidido, más abierto, menos retraído. Pero al tener que protegerse de ella desarrolla un mayor sentido crítico, una autonomía de pensamiento que le concede mayor libertad en otros sentidos. Se ha comprobado asimismo que en determinados trabajos que requieren concentración y sentido de la precisión los tímidos tienden a dar mejor resultado que los desenvueltos.
Con vergüenza, ni se come ni se almuerza, sentencia el proverbio popular. La timidez paraliza, retiene y anula. Nadie desearía para sí o para los suyos el destino de esos jóvenes ‘hikikomori’ japoneses que se aíslan del exterior parapetados durante años y años entre las paredes de su habitación. Pero, junto a la timidez pusilánime que incapacita y anula, hay otra timidez creativa, virtuosa y agradecida. La cuestión es saber dominar la primera y acomodarse de buen grado a la segunda.
Fuente: Las máscaras del tímido
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