Que nos conozcan

8 Diciembre, 2009 Dejar un comentario

Daniel de Reflexiones de la Vida me ha hecho este vídeo promocional. Le agradezo mucho su contribución

Categorías:Fobia Social, Videos

La buena costumbre de compartir

7 Febrero, 2010 1 Comentario

Buscando en la biblioteca virtual de los blogs encontré textos que deseo compartir:

Hay quien quiere cruzar los mares

Un nuevo blog, Cabezas inquietas, que nació con el 2010 y que me interesó por los temas que trata y la forma en que lo hace.

Causas de la fobia social

Revisión muy completa del estado actual del conocimiento sobre este tema. Excelente trabajo de mi amigo Roberto.

No hay nada más incierto que la percepción del mundo exterior

Del blog de Eduard Punset, un maestro de la divulgación científica.

Combate Vital: la lucha contra el miedo

29 Enero, 2010 1 Comentario

El médico psiquiatra, especialista francés en temores y fobias, Christophe André en su libro “Psicologuía del miedo” nos expone de forma clara y directa cómo debe ser nuestra lucha contra el miedo.

Ese camino nos lo marcan Los Diez Mandamientos para enfrentarse al miedo:

1. Desobedezca a sus miedos.
2. Infórmese bien sobre lo que le da miedo.
3. Deje de tener miedo a tener miedo.
4. Modifique su visión del mundo.
5. Enfréntese a su miedo según las reglas.
6. Respétese y haga que los demás respeten sus miedos.
7. Reflexione sobre su miedo, su historia y su función.
8. Cuídese.
9. Aprenda a relajarse y a meditar.
10. No deje de intentarlo.

Imagínese que un día alguien se instala en su casa sin que usted le haya invitado. Se acomoda y le roba sus costumbres. Se sirve de lo que hay en la nevera, duerme en su salón, le acompaña a todas partes y empieza a darle órdenes: «Rásca­me la espalda, tráeme el desayuno a la cama, límpiame los zapatos, déjame tu habitación y vete a dormir al salón». Si usted obedece,  ¿qué motivo tendrá esa persona para mar­charse de su casa? Ninguno; al contrario, cuanto usted más se someta, más a sus anchas estará su indeseado huésped y no tendrá intención alguna de marcharse.

Esto es justamente lo que sucede con el miedo, si usted le obedece cada vez que le dice: «No hagas esto», «Baja los ojos» , «Da media vuelta», «Huye», «No salgas solo», no ten­drá razón alguna para disminuir, ni mucho menos para des­aparecer.

A muchas personas fóbicas esta evidencia no les resulta tan clara: tras muchos años de evolución, terminan por no distinguir entre sus propios intereses y los de la patología. Sin embargo, esta reflexión y distanciamiento son indispen­sables, pues los intereses de ambas partes son radicalmente opuestos: en aquello en que las personas fóbicas quisieran volver a recobrar la serenidad y ser autónomas, es en lo que la fobia tiende a someterlas bajo la dependencia del miedo. Por lo tanto, es de vital importancia que se distancien del miedo, que comprendan que los intereses de este difieren de los suyos. De lo contrario, al cabo de cierto tiempo de evolución, las evitaciones impuestas por el miedo tenderán a presentarse como pseudoopciones personales. De modo que dirán: «No voy a fiestas porque me pongo de mal humor, solo se habla de dinero y de cosas superficiales». En lugar de decir: «No voy porque no se que decir, me da miedo quedar­me en un rincón o hacerme ver por mi emotividad o mi si­lencio forzado». O dirán: «No tomo el metro porque es si­niestro y no me gusta», en lugar de: «Tengo mucho miedo de que el tren se quede parado entre dos estaciones, de ahogarme y de que me entre el pánico». Al cabo de un momento, las evitaciones se convierten en una forma de vida para la fobia y pasan inadvertidas. Por lo tanto, prosiguen con sus renuncias toxicas.

Es necesario desobedecer al miedo, al menos a sus exce­sos, y declararle la guerra.

Como es natural, el miedo no se va a dejar. Al afrontar lo que la fobia nos ordena que evitemos, automáticamente sen­tiremos que aumenta el miedo y el malestar emocional. Pero recordemos que al obedecer a la fobia mediante las evitacio­nes estamos comprando a un precio muy alto nuestra tran­quilidad: por un poco de paz momentánea sacrificamos el fu­turo. Ceder ante este tipo de comodidad del presente supone renunciar a la libertad en el futuro.

Recordemos que la lucha contra la fobia no es una batalla, sino una guerra de desgaste. No basta con ganar un combate y hacer huir al enemigo, hay que ir ganando todas las batallas hasta conseguir una retirada completa y duradera. Se trata de volver a colocar al adversario en su lugar, detrás de las fron­teras del miedo normal, y de mantener la capacidad de hacer­le retroceder cada vez que se le ocurra aparecer para empren­der un nuevo ataque (lo que denominamos el retorno del miedo).

No pacte más: ¡pelee! Ha de aceptar el hecho de que su vida no será tan tranquila durante algún tiempo, pero de to­das formas la vida con una fobia no es el tipo de vida con el que uno sueña, ¿no le parece? Ninguna guerra es agradable, pero algunas son necesarias: esta guerra de liberación lo es.

No somos culpables de nuestra fobia. Nadie elige ser fóbico, ni nadie goza siéndolo. Sin embargo, sí es responsable de la lucha contra la fobia. Es importante que cambie su actitud mental, pasará de sufrir a actuar, de la actitud de la víctima a la del combatiente. Pero, atención, quiero remarcar que este espíritu bélico no debe ha­cernos olvidar una cosa: no es el miedo lo que queremos que retroceda, sino la fobia, es decir, el exceso de miedo y el con­junto de reacciones inadaptadas al miedo. El problema es el desajuste de este sistema de alarma natural. Veremos que, pa­radójicamente, es necesario aceptar el miedo, la sensación de miedo. No se trata de no volver a tener miedo, sino de no aceptar más la fobia, de no someternos más a ella. Cuanto más colaboremos con ella, más se alargara el problema.

Puede leer más sobre el tema en Shunyata Blog

Categorías:Autoayuda, Fobia Social, miedo

Corrección de los pensamientos distorsionados

19 Diciembre, 2009 Dejar un comentario

En una entrada anterior de este mismo blog se definían los Pensamientos distorsionados más comunes para ser capaces de reconocerlos cuando de forma automática muestro cerebro nos trate de engañar.

Ahora que se acerca el nuevo año, nos podemos proponer la práctica de algunas estrategias para corregir estos pensamientos:

1 Filtraje

Si una persona se encuentra atrapada por una idea que se repite como en un disco rayado, concentrando su atención en cosas del ambiente que normalmente le asustan, producen sudoración o encolerizan, para vencer este filtraje hay que modificar el origen deliberadamente. Esto puede realizarse de dos formas:

Primera: esmerándose en centrar la atención sobre las estrategias de afrontamiento del problema, más que obsesionándose por el propio problema. Segunda: categorizando el tema mental primario como: pérdida, peligro, injusticia, … Si el tema es la pérdida, se prestará atención a aquellos objetos de valor que se posean. Si el tema es el peligro, se prestará atención a las cosas del ambiente que representan comodidad y seguridad. Si el tema es la injusticia (incluyendo la estupidez, la incompetencia, etc.), se prestará atención a lo que hacen las personas que merecen su aprobación.

Cuando se realiza el proceso de filtraje, se tiende a exagerar los problemas. Para combatir esta exageración, hay que dejar de usar palabras tales como terrible, tremendo, repugnante, horrible, etc. En particular, hay que desterrar las frases del tipo «no puedo resistirlo». Se puede resistir, porque la historia nos muestra que los seres humanos pueden resistir casi cualquier golpe psicológico y pueden soportar dolores físicos increíbles. Uno puede acostumbrarse y enfrentarse a casi todo. Puede probar a decirse a sí mismo frases como «no exageres» o «puedes enfrentarte a ello».

2 Pensamiento polarizado

La clave para vencer el pensamiento polarizado es dejar de hacer juicios en blanco y negro. La gente no es feliz o triste, cariñosa o esquiva, valiente o cobarde, inteligente o estúpida, sino que se distribuye a lo largo de un continuo. Tienen un poco de todo. Los seres humanos somos demasiado complejos para ser reducidos a juicios dicotómicos.

Si se tiene tendencia a hacer este tipo de clasificaciones es de gran utilidad pensar en términos de porcentajes: «Un 30% de mí tiene miedo a la muerte pero un 70% aguanta y se enfrenta a ella… Un 60% del tiempo parece terriblemente centrado en sí mismo, pero existe un 40% en el que puede ser realmente generoso… Durante el 5% del tiempo soy un ignorante, el resto del tiempo no».

3 Interpretación del pensamiento

La interpretación del pensamiento es la tendencia a hacer inferencias sobre qué piensa y qué siente la gente. A la larga, es mejor no hacer inferencia alguna sobre la gente. O creer todo lo que nos dicen o no creer nada hasta poseer alguna prueba concluyente. Hay que tratar todas las opiniones sobre la gente como hipótesis que deben ser probadas y comprobadas, cuestionándolas. Si se carece de información directa de la persona implicada, pero se poseen otras evidencias, hay que evaluar la conclusión usando la anteriormente citada técnica de las tres columnas.

4 Visión catastrófica

La visión catastrófica es un magnífico camino para el desarrollo de la ansiedad. La persona debe pararse a reflexionar y realizar una evaluación honesta de la situación en términos de probabilidades o porcentajes. ¿Cuál es el riesgo? ¿Uno entre 100.000 (0,01%)? ¿Uno entre 100 (0,1%)? Estudiar las probabilidades ayuda a evaluar de forma realista cualquier cosa que pueda angustiamos.

5 Personalización

Si la tendencia es a personalizar, hay que esforzarse en probar que el ceño fruncido del jefe tiene algo que ver con nosotros. Compruébese. Si no se puede preguntar a la persona interesada, úsese la técnica de las tres columnas explicada anteriormente para probar las conclusiones. No se deben sacar conclusiones a menos que se esté convencido de poseer evidencias y pruebas razonables.

También es importante abandonar el hábito de compararse a si mismo negativa o positivamente con los demás. Las comparaciones son un tipo de juego excitante. Unas veces se tendrá éxito y se brillará más que nadie. Pero cuando se pierda, se dará una bofetada a la propia autoestima y puede ser el principio de una larga y profunda depresión. El valor de una persona no consiste en ser mejor que los demás, así que ¿Por qué empezar a jugar a las comparaciones?

6 Falacias de control

Aparte de los desastres naturales, cada persona es responsable de lo que sucede en su mundo. La persona hace que suceda. Si una persona es infeliz, es que existen elecciones específicas que ha hecho, y continúa haciendo, que tienen como subproducto la infelicidad. Normalmente, una persona alcanza en la vida todo lo que para ella es de máxima prioridad. Por ejemplo, si la seguridad es más importante que cualquier otra cosa, se puede conseguir a expensas de la pasión y la emoción. Se puede anhelar la emoción, pero la seguridad tiene una importancia menor en este caso. La persona se preguntará a si misma “¿Qué elecciones he realizado que me han llevado a esta situación? ¿Qué decisiones puedo ahora tomar para cambiarla?”.

La falacia de la omnipotencia es la cara opuesta de la moneda de la falacia del control externo. En lugar de ser responsable de los propios problemas, se es responsable de los problemas de todos los demás. Sí alguien tiene dolor, es de su responsabilidad hacer algo para solucionarlo. La persona que tiene este tipo de pensamientos cree que no se comporta como le corresponde si no soporta la carga de los demás. La clave para vencer la falacia de la omnipotencia es reconocer que cada uno es responsable de sí mismo. Todos somos capitanes de nuestros propios barcos, tornando las decisiones que conducen nuestras vidas. Si alguien tiene dolor, él mismo tiene la última responsabilidad de vencerlo o aceptarlo. Hay una gran diferencia entre la generosidad y una adherencia espartana a la convicción de que hay que ayudar a todo el mundo. Recordar también, que parte del respeto a los demás incluye dejarlos vivir sus propias vidas, sufrir sus propias penas, y solucionar sus propios problemas.

7 Falacia de justicia

Fuera de un juzgado, el uso del concepto de justicia es peligroso. El mundo de la justicia es un simpático disfraz de las preferencias y carencias personales. Lo que uno quiere es justo, pero lo que quieren los demás no. Lo importante es ser honesto con uno mismo y con los demás. Hay que saber decir lo que se necesita o se prefiere sin vestirlo con la falacia de la justicia.

8 Razonamiento emocional

Lo que una persona siente depende enteramente de lo que piensa. Si tiene pensamientos distorsionados, sus sentimientos no tendrán validez, sus sentimientos pueden mentirle. De hecho, si se tienen sentimientos depresivos o ansiosos todo el tiempo, es casi seguro que le habrán engañado. No hay nada sagrado o automáticamente verdadero sobre lo que una persona siente. Si se siente poco atractiva o se siente necia y desconcertada, tenderá a creerse a sí misma fea o imbécil. Pero parémonos un momento a pensar. Puede ser que esto no sea cierto y la persona esté sufriendo por nada.

Hay que ser escéptico sobre los sentimientos y examinarlos críticamente como cuando se quiere comprar un coche usado.

9 Falacia del cambio

Yo hago que suceda Cuando una persona trata de obligar a la gente a cambiar, está pidiendo a los demás que sean diferentes para que ella pueda ser feliz. La suposición es que su felicidad depende de alguna forma de los demás y de su conducta. La felicidad depende de cada persona, y más propiamente, de cada una de las decisiones tomadas. Ha de decidir si se va o se queda, si trabaja de electricista o panadero, si dice que si o que no.

Cada persona produce su propia felicidad. Es peligroso pedirle a alguien algo que le haga feliz a usted porque la gente se resiste cuando se la presiona para que cambie. Si cambia, a menudo siente resentimiento hacia la persona que la ha hecho cambiar.

10 Etiquetas globales

Los etiquetajes globales normalmente son falsos porque aunque sólo contemplan una única característica o conducta, implican, por decirlo así, a todo el conjunto. Más que aplicar etiquetas globales, hay que limitar las observaciones a casos específicos. Preguntarse a sí mismo si un caso es siempre verdad, o sólo es cierto ahora o sólo es verdadero algunas veces.

11 Los Debería

Hay que reexaminar y cuestionar cualquier norma personal o explicativa que incluya las palabras debería, habría que, o tendría que. Las normas y las expectativas flexibles no usan estas palabras porque siempre existen excepciones y circunstancias especiales. Piense al menos en tres excepciones a una norma personal cualquiera, e imagine a continuación todas las excepciones que debe haber en las que no ha pensado. Usted puede irritarse cuando ve que la gente no actúa de acuerdo con sus valores. Pero los valores personales son precisamente esto, personales. Pueden funcionar para usted, pero como los misioneros han descubierto tras recorrer el mundo, no siempre funcionan bien para los demás.

Todas las personas son diferentes. La clave radica en ver la singularidad de cada persona, las necesidades, limitaciones, miedos y placeres particulares. Como es imposible conocer todas estas complejas e íntimas interrelaciones, una persona no puede conocer si sus valores se aplican a los demás. La persona tiene derecho a una opinión, pero ha de tomar en consideración la posibilidad de estar equivocado. Asimismo, debe permitir a los demás considerar importantes cosas diferentes.

12 Tener razón

Cuando hay que tener razón siempre, no se escucha a los demás. No puede permitirse. Escuchar puede llevar a la conclusión de que a veces uno se equivoca.

La clave para combatir esta falacia es una escucha activa. Para escuchar activamente hay que participar en la comunicación repitiendo lo que se cree que se está escuchando para asegurarse de que se está entendiendo realmente lo que los demás están diciendo. Este proceso de comprobación ayuda a que dos personas que no están de acuerdo aprecien mutuamente sus respectivos puntos de vista. Proporcionalmente, se gasta una mayor cantidad de tiempo en tratar de entender a la otra persona que en estructurar las propias refutaciones y ataques. Recordemos que las demás personas creen tan firmemente lo que están diciendo como usted cree en sus convicciones, y que no siempre existe una única respuesta correcta.

Hay que concentrarse en descubrir lo que se puede aprender de la opinión de los demás.

13 Culpabilidad

Es responsabilidad de cada persona afirmar sus necesidades, decir que no, o irse a otra parte. Las personas no son responsables de conocer o ayudar a otra persona a que encuentre sus necesidades. Nadie tiene la culpa si otra persona, un adulto responsable, está angustiado o no es feliz. Hay que buscar las elecciones que ha hecho anteriormente que le han llevado a esta situación. Examinar qué opciones se han realizado recientemente para afrontarla.

Existe una diferencia entre sentirse responsable y volver la culpabilidad hacia uno mismo. Sentirse responsable significa aceptar las consecuencias de nuestras propias elecciones. Culparse a sí mismo significa atacar la propia autoestima y autodenominarse incapaz en caso de error. Sentirse responsable no implica que también se sea responsable de la felicidad de los demás. Sin embargo, culparse a sí mismo por los problemas de los demás es una forma de autoengrandecimiento. Esto significaría pensar que se tiene más impacto sobre la vida de los demás que el que se tiene realmente.

14 Falacia de la recompensa

Este tipo de pensamiento distorsionado acepta el dolor y la infelicidad porque practicar el bien será finalmente recompensado. Pero si practicar el bien significa estar haciendo cosas que no se quieren hacer y sacrificar actividades u objetos a las que la persona se niega a renunciar, entonces es muy probable que no se recoja ninguna recompensa. La persona se convertirá en tan esquiva e infeliz que la gente acabará por evitar cualquier contacto con ella. En realidad, la recompensa hay que recibirla ahora.

Sus relaciones, la consecución de fines, y el cuidado que da a la gente que ama, deberían ser intrínsecamente recompensantes. La mayoría de los días, el balance bancario emocional debería escribirse en negro. Si se está agotado y se acumulan los números rojos durante días y semanas es que algo va mal. Es necesario arreglar las actividades para conseguir aquí y ahora alguna recompensa, dejando o compartiendo las actividades que crónicamente consumen al sujeto. El cielo está demasiado lejos y puede hacerse demasiado larga la espera.

15 Sobregeneralización

La sobregeneralización es sencillamente la tendencia a exagerar, la propensión a ver un mar en un charco. Se puede combatir esta tendencia cuantificando en lugar de usar palabras como inmenso, tremendo, masivo, minúsculo, etcétera. Además, se puede examinar cuanta evidencia hay, en realidad, para las conclusiones obtenidas. Si la conclusión está basada en uno o dos casos, una simple equivocación, o un pequeño síntoma, entonces deberá ser rechazada hasta que se posean pruebas más convincentes.Úsese esta variante de la técnica de las tres columnas: Pruebas para mi conclusión, Pruebas en contra, Conclusión alternativa.

Si se pretende sobregeneralizar se piensa en absolutos. Se deberá, por tanto, evitar frases y suposiciones que requieran el uso de palabras tales como todo, siempre, ninguno, nunca, todos y nadie. Los pensamientos y las sentencias que incluyen estas palabras ignoran las excepciones y los matices del gris. Para hacer los pensamientos más flexibles, úsense palabras tales como “es posible”, “a veces”, y “a menudo”.

Hay que ser particularmente sensible a las predicciones absolutas sobre el futuro, como en el caso de “nadie me amará jamás”. Son extremadamente peligrosas porque pueden llegar a ser profecías que al hacerse explícitas conducen a su cumplimiento.

Para más información podéis consultar la Fuente Original

El humor como antídoto

29 Noviembre, 2009 Dejar un comentario

Nada mejor contra los problemas que nos rodean mirar la vida desde un ángulo diferente: el de la risa.

Disfruten de esta interpretación en vivo de Les Luthiers, en mi opinión, el mejor grupo músico-humorístico de todos los tiempos.

Categorías:Autoayuda, Humor, Música, Videos

Deja de preocuparte tanto

7 Noviembre, 2009 3 comentarios

preocupada

 

 

Siempre sufriendo por lo que pueda pasar, siempre pensando en posibles peligros o problemas: para algunas personas, la preocupación constituye una compañera permanente que les impide vivir de manera relajada. Se sienten nerviosas con facilidad y pueden incluso tener dificultad para conciliar el sueño o concentrarse. Su mente está siempre alerta, dando vueltas alrededor de los temas que en ese momento les inquietan.

La palabra preocupación significa justamente ocuparse con insistencia de algo antes de que suceda, lo que causa desasosiego o temor. Pero, ¿tiene sentido angustiarse por lo que todavía no ha ocurrido? Las personas para las que preocuparse supone un hábito necesitan esa actividad mental para hacer su vida más predecible. Si no se agobian, si no piensan en las múltiples posibilidades, especialmente las más negativas, no sienten que dominan la situación.

La preocupación produce una ilusión de control. A menudo se considera que esa estrategia permite estar más preparado para cualquier contrariedad o revés del destino. Sin embargo, la realidad suele ser bien distinta: preocuparse por anticipado no sólo no mejora la capacidad para afrontar las dificultades, sino que genera estrés a través de la imaginación, lo cual tiene idénticas repercusiones físicas, mentales y emocionales que una situación real.

La ilusión de control

“El hombre tiene sus preocupaciones en todos los rincones de la Tierra” (Confucio)

Nuestro cerebro es una máquina de anticipar. A lo largo del proceso evolutivo ha incrementado paulatinamente su capacidad para predecir, utilizando analogías con el conocimiento acumulado de experiencias anteriores, tanto propias como de los ancestros. Según el escritor y filósofo José Antonio Marina, no existe especie más miedosa que la humana. Es el tributo que hemos de pagar por nuestra inteligencia privilegiada.

Por un lado, esta facultad para ser previsores constituye una ayuda inestimable para la supervivencia, dado que permite evitar el peligro incluso antes de que se manifieste. También es un recurso para aprender, así como para planear proyectos y crear medios con que lograr metas futuras. Pero esta habilidad también causa alguno de nuestros fallos más evidentes.

Precisamente la capacidad de anticipar es lo que atrapa a muchas personas en círculos viciosos de preocupación. Al vivir entre el recuerdo y la imaginación, entre los fantasmas del pasado y el futuro, se reavivan antiguos peligros o se inventan amenazas nuevas. Resulta fácil entonces confundir la fantasía con la realidad, y sufrir terriblemente por la incertidumbre de lo que pueda pasar.

¿Una cuestión de carácter?

“Al hombre sólo le gusta contar sus problemas, pero no cuenta sus alegrías” (Fiódor Dostoievski)

Hay personas que se definen como sufridoras. Consideran la preocupación como un rasgo de su carácter. No sólo se atormentan a sí mismas con esta exagerada aprensión, sino que también suelen desplazar este temor a las personas de su entorno. Piden, o a veces exigen, recibir noticias constantes para lograr su propia tranquilidad y, sin darse cuenta, pueden hacer sentirse a los demás responsables de su sufrimiento.

A nivel social, preocuparse por el bienestar ajeno se considera signo de interés y entrega hacia los demás. Posiblemente por este motivo quienes se identifican con esta cualidad la proclaman incluso con orgullo: “Soy así, no puedo evitarlo”.

En parte esta afirmación resulta acertada. Si se intenta eliminar de la mente una preocupación a menudo se obtiene el resultado contrario: el pensamiento se torna todavía más presente o se intensifica. Se debe al efecto paradójico de la evitación, pues cuando se pretende no pensar en algo, en ese mismo momento ya está ocupando la mente.

Intentar suprimir las ideas que generan angustia, por tanto, no supone una verdadera solución. Por eso al final la persona cree que la inquietud es algo irremediable y superior a ella.

Adiestrar el pensamiento

“Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo” (Franz Grillparzer)

Quizá no se pueda evitar que aparezcan preocupaciones, pero sí decidir conscientemente qué hacer con ellas. De ese modo, en vez de crecer e invadir gran parte del espacio mental, pueden definirse de manera más concreta y dar pie a acciones productivas.

Sabemos que los pensamientos influyen directamente en el estado anímico y encierran por ello un gran poder. Pero pocas veces se señala que al pensar bien también se aprende, lo cual a menudo ni surge de manera natural ni resulta fácil. Si se deja que la mente vague libre, es posible que la persona se sienta perdida a causa de un pensamiento desbordado y fuera de control.

Para empezar, conviene ser cuidadoso con los calificativos que se utilizan al hablar de uno mismo, especialmente si se trata de etiquetas limitantes que cierran posibilidades de cambio. Las personas tenemos ciertas tendencias de carácter, pero lo valioso es utilizar esta materia prima -sea una predisposición ansiosa, perfeccionista, extrovertida…- para sacarle el máximo partido en vez de que se transforme en algo problemático. La clave es aprender a tratar las preocupaciones como lo que son: ideas sobre el futuro pero no el futuro en sí. De hecho, en cuanto aparece una inquietud se puede decidir entre alimentar el temor o ponerle límites.

Una cosa son los pensamientos que surgen y otra la persona que los experimenta, que puede observarlos y elegir cómo actuar ante aquello que ocupa su mente. Realizar esta diferenciación permite adquirir mayor dominio sobre los propios pensamientos, aprendiendo a valorarlos, a comprobar su veracidad o a definir la probabilidad de que lo que se teme realmente suceda. De este modo, en vez de estar a merced de las propias preocupaciones, se adquiere la libertad para escucharlas o no según convenga.

Percepción distorsionada

“Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias” (John Locke)

La preocupación mantiene a la persona en un continuo: “¿Y si…?”, que se traduce en un estado de alerta y tensión, nerviosismo e incluso irritabilidad. Viene a ser como si todas las alarmas estuvieran encendidas.

Podemos imaginar lo que implica sostener a lo largo del tiempo un estado de tensión de este tipo. La preocupación excesiva se vincula a trastornos de ansiedad y produce un importante desgaste físico y mental. El sufrimiento de quien se preocupa excesivamente es real, aunque el principal artífice sea su propia mente y no las circunstancias.

La psicología nos advierte sobre las distorsiones cognitivas. Consisten en modos de interpretar la realidad que resultan desacertados o extremos y conducen a emociones y estados anímicos desagradables. En la preocupación resulta evidente que las cosas no nos afectan por lo que son sino por cómo las vemos.

Las personas que se angustian más de la cuenta suelen sobrevalorar el peligro e infravalorar su capacidad para afrontarlo. Su atención se dirige especialmente a lo que resulta más negativo o amenazador, haciendo caso omiso de las demás señales.

De entrada, no hay que creerse al pie de la letra el mensaje que surge desde la preocupación, dado que probablemente se trata de una información distorsionada que es preciso contrastar con la realidad.

Tolerar la incertidumbre

“La dicha humana reside en dos cosas: estar libre de enfermedades del cuerpo y libre de preocupaciones del espíritu” (Lin Yutang)

Quien tiende a preocuparse suele tener una asignatura pendiente: aprender a tolerar mejor la incertidumbre.

Es precisamente la dificultad para aceptar lo incierto lo que conduce a utilizar la preocupación como una estrategia de control. Ante una situación, se imaginan todas las posibles eventualidades, con el fin de obtener una respuesta adecuada para cada una. Mantener la mente ocupada alivia la inquietud del “no saber”.

Sin embargo, a pesar de proporcionar esta ilusión de control, sufrir por anticipado no varía la probabilidad real de que algo suceda. Es más, vivir con el alma en vilo conlleva un alto coste: sentirse mal y angustiado durante todo el proceso.

Reorganizar la mente

“Hay dos tipos de preocupaciones: las que usted puede hacer algo al respecto y las que no. No hay que perder tiempo con las segundas” (Duke Ellington)

Si nuestra mente pudiera compararse a una pantalla de ordenador sería útil observar cuántos archivos con temas preocupantes están en danza en este momento. Cuando existen demasiadas carpetas abiertas el sistema va más lento, dado que las preocupaciones consumen memoria operativa. Y en ocasiones aparece un tema principal que ocupa toda la pantalla.

Siguiendo con el símil del ordenador, al observar las preocupaciones que aparecen en la pantalla conviene valorar si merecen que se les dedique cierto tiempo, si es preferible resolver esas cuestiones definitivamente y cerrarlas o si ha llegado el momento de arrojarlas a la papelera y eliminarlas para siempre del escritorio.

Por supuesto, no toda preocupación resulta nociva; a menudo, ante sucesos difíciles, es irremediable y humano sentir inquietud. Entonces puede ser útil preguntarse: ¿estoy mentalmente en el momento presente o más bien en el futuro? o ¿qué puedo hacer ahora para mejorar la situación? Diferenciar lo que está en nuestras manos y lo que no permite vivir un presente más libre de preocupaciones.

Extraído del reportaje de Cristina Llagostera publicado en Reportajes de Psicología de El PAÍS

Otros enlaces relacionados:

Soluciones a los problemas de la preocupacon patológica

La preocupación de los jóvenes